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Cenicienta no necesitaba un príncipe. Necesitaba romper su techo de cristal.

Lo que Cenicienta puede enseñarte sobre los límites invisibles que todavía condicionan tus decisiones.

Cenicienta no necesitaba un príncipe. Necesitaba romper su techo de cristal.


Hoy quiero contarte otra manera de leer este cuento...

De chica, como probablemente nos pasó a muchas, pensaba que era la historia de una joven que, después de sufrir injusticias, encontraba a un príncipe que cambiaba su destino. La madrastra era la villana, las hermanastras representaban la envidia y el final feliz llegaba cuando alguien la veía, la elegía y la sacaba de esa vida.

Sin embargo, con los años empecé a mirar el cuento desde otro lugar. Ya no me interesaba tanto preguntarme quién tenía la culpa de lo que le pasaba a Cenicienta. Me interesaba entender qué le pasaba a ella.

Y ahí apareció una nueva pregunta: ¿y si el verdadero obstáculo nunca fue la madrastra?

Porque, si lo pensamos bien, la oportunidad finalmente aparece. El hada madrina llega, el vestido también, la carroza está lista y las puertas del palacio se abren. Todo lo que parecía imposible sucede. Sin embargo, cuando el reloj marca la medianoche, Cenicienta sale corriendo.

Muchas veces nos cuentan esa escena como una cuestión de magia: el hechizo terminaba y ella debía irse. Pero a mí me gusta pensarla desde otro lugar. Me pregunto qué representa esa medianoche en nuestra propia vida. ¿Qué pasa cuando aparece una oportunidad que nos obliga a ocupar un lugar que todavía sentimos que no nos pertenece?

Creo que muchas mujeres conocemos esa sensación.

A veces se presenta cuando nos ofrecen un ascenso y, en lugar de alegrarnos, empezamos a pensar en todas las razones por las que quizás no somos la persona indicada. O cuando queremos iniciar un proyecto propio, cobrar lo que realmente vale nuestro trabajo o simplemente poner un límite, y algo dentro nuestro empieza a decirnos que mejor esperemos un poco más, que todavía no estamos listas o que no es el momento.

Es curioso, porque desde afuera parece que el obstáculo desapareció. La oportunidad está. Sin embargo, algo nos hace retroceder.

Durante mucho tiempo, cuando escuchaba hablar del techo de cristal, lo asociaba exclusivamente a las barreras que enfrentan las mujeres para crecer en el mundo laboral. Y esas barreras existen. La psicóloga e investigadora Mabel Burin las describe con claridad al explicar cómo muchas mujeres encuentran límites invisibles que frenan su desarrollo profesional, aun cuando cuentan con la formación, la experiencia y la capacidad necesarias. También señala que esos obstáculos no son solamente externos. Muchas veces terminan inscribiéndose en nuestra manera de pensar, de sentir y de relacionarnos con el poder, el reconocimiento o el éxito.

Esa idea me resulta profundamente valiosa porque amplía la conversación. Nos permite dejar de pensar que el techo de cristal está solamente afuera y empezar a preguntarnos qué sucede también dentro de nosotras.

Desde la mirada sistémica, solemos observar que muchas de las decisiones que tomamos no responden únicamente a un deseo personal. Están atravesadas por historias familiares, por mandatos, por lealtades invisibles y por lugares que aprendimos a ocupar para sentir que pertenecíamos. No son decisiones conscientes. Son formas de estar en el mundo que alguna vez tuvieron sentido y que, muchas veces, seguimos sosteniendo sin preguntarnos si todavía nos representan.

Por eso, cuando pienso en Cenicienta, no veo únicamente a una mujer esperando que alguien venga a rescatarla. Veo a una mujer que durante años construyó una identidad alrededor del lugar que ocupaba. Era la que servía, la que trabajaba para los demás, la que no esperaba demasiado para sí misma. Y cuando, por unas horas, la vida le muestra otra posibilidad, sostener esa nueva identidad resulta mucho más desafiante que llegar al baile.

Tal vez ahí esté una de las enseñanzas más profundas del cuento.

El verdadero cambio no comienza cuando aparece una oportunidad. Comienza cuando nos permitimos creer que ese lugar también puede ser para nosotras.

Y esa transformación rara vez ocurre de un día para otro. Empieza con una pregunta. Con la decisión de observar esos momentos en los que, casi sin darnos cuenta, volvemos a elegir lo conocido, aunque ya no nos haga bien.

Quizás por eso me gusta tanto volver a estas historias. Porque los cuentos no sólo hablan de los personajes. También hablan de nosotras. Nos muestran, a través de símbolos, conflictos que siguen estando presentes en nuestra vida cotidiana.

Tal vez Cenicienta nunca necesitó solamente un príncipe.

Tal vez lo que realmente necesitaba era animarse a dejar atrás la identidad que la mantenía atrapada.

Y quizás esa siga siendo, también hoy, la forma más profunda de empezar a romper nuestro propio techo de cristal.


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